lunes, 28 de marzo de 2011

¿De verdad?



Un día soleado y claro como pocos desde primera hora de la mañana ya hacía presagiar que el domingo sería un tiempo perfectamente diseñado para el arte de las dos ruedas.

Desde el momento inicial, cordura y organización eran el síntoma del día de forma que en el mercadillo de Erandio las furgonetas se encontraban abiertas prestas a devorar en sus entrañas cuantas bicicletas se dispusieran, poco a poco fueron engullendo una tras otras las 23 que formarían el pelotón de la mañana . Y con ropa de recambio todos y cada uno de los integrantes embarcamos en las naos hacia el nuevo mundo , ese que se extiende más allá de los Apalaches vascos en la Sakana alavesa .

Otazu recoge entre sus dos casas una plaza triangular en la que atracaron cada una de las embarcaciones , La pinta a la izquierda , la niña de azul a la derecha , carabelas azules y rojas que llenaron el puerto .

Hace casi ya cincuenta años que circulaba un tren que partía de Huesca y cruzaba la foz de Lumbier , se acaudillaba en Pamplona con lo más fornido del reino navarro y visitando Estella acababa su recorrido en la señorial Vitoria . Ayer cuando recorríamos los surcos dejados por la vía todavía podíamos, escuchar sumergidos en el bosque, el estridente silbato de la máquina e imaginar la ingobernable columna de humo envuelta en vapor . Vagones de madera, paisanos con su boina , su hatillo o su cesta de mimbre , familias que veían en ese viaje un pasaje al mundo exterior . El tren iba despacio , la hora se guardaba en los bolsillo atada con una cadena . Cada estación jalonada con una magnifica casa de piedra que da la espalda al valle para mirar el paso del tren , algunas embutidas en las laderas del hayedo otras guardando las bocas del insondable túnel de Laminoria .

El grupo discurre compacto , el pedaleo es rítmico y continuo , no hay paradas , no hay descansos hasta el túnel , aquí termina la vía que se ha convertido en río. Hacemos caso omiso del cartel de prohibición , desmontando y guardados por una pequeña frontal buscamos la cascada en la oscuridad . El túnel esta inundado , y un ruido salvaje precipita chorros de agua desde el techo . No seguimos , no tenemos confianza en acabar secos y además el grueso nos espera fuera .

Aunque el camino está jalonado por ramas tenemos la fortuna de no pinchar . En este espíritu de fortaleza el grupo no se arredra ante la posibilidad de empalmar un segundo track que le otorgue al primero 28 kilómetros más . Si la bicicleta tiene un momento de placer ese es el del descenso, en apenas 45 minutos nos plantamos en Agurain ,hasta allí fuimos a comprar pan , así somos nosotros, diez kilómetros para poder comer el bocata . En el casco medieval de esta villa fortaleza los unos cuidamos de los otros y sin perder ni un miembro del rebaño todos nos sentamos a pacer en la plaza almendrada .

Las isobaras ya se afirman como depresivas y para rubricar su certeza esgrimen lagrimas húmedas y abundantes sobre la plaza ante nuestros ojos . Hay una alternativa , bueno tenemos dos : quitarnos la mitad del camino cogiendo el tren o pedir a Antonio que venga a buscarnos en la fregoneta . Esta parece la más razonable y en el preciso instante en el que la alegría corre de mano en mano en forma de botellín verde , el tiempo comienza a mejorar , el cielo se vuelve azul y nuestros planes se diluyen como el agua que se tragan las arquetas de la calle.

Embridamos con ánimo y por la carretera vieja , siempre a favor del viento el camino se hace fácil , los kilómetros parecen metros y las horas minutos . Casi antes de comenzar a disfrutar ya nos encontramos ascendiendo al Santuario de Estibaliz, entre verdes campas y con un tiempo inmejorable alcanzamos la cima y desde allí con la serenidad de querernos esperar los unos a los otros disfrutamos de unos maravillosos ratos de sol.

Estibaliz está en un alto y una línea marrón serpentea colina abajo marcando la vía verde , sin viento , sin prisa y con una sonrisa de deleite incontrolable vamos dejándonos llevar por la gravedad . Todos juntos: cantamos , contamos historias y hasta nos dan ganas de parar para sentarnos en los verdes radiantes de cereal.

Nuestro reloj marca las cinco y media de la tarde cuando ponemos nuestros pies en las naos , nuestro cuenta kilómetros marca sesenta kilómetros , nuestro caminar marca la forma de los sillines , nuestra vestimenta de cambio marca un nuevo estilo de moda y con una cerveza final en Murguia nuestro domingo marca otro hito en los anales del ciclismo de este grupo .

Creo que así pudo haber sido y creo así habérselo contado.

Gerardo

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