Dentro de la anecdòtica semana de frío que se ha instalado en nuestras latitudes , dentro de la pereza que invita a prolongar el sueño al amparo de la calefacción y el edredón , dentro de un ambiente más propicio para comer que para pasear ayer nuevamente elegimos la opción menos acomodada .
La alerta era solo amarilla , pero el frío que pegaba en la cima del Armañon era de lo más negro . Pese a que la ascensión se realiza por su lado más descarnado y pese a que la falta de resuello hace que la sensación térmica sea un poco más favorable , un viento fino arriba: de esos que te agarra por el costado , te zumba de arriba a abajo y cuando te das cuenta de que te tienes que atar la chaqueta ya te ha dejado helado , lo que nos obligó a no incidir en la contemplación de los valles de Carranza .
Por suerte la nieve ( unos 40 centímetros ) estaba blandita y permitía caminar sin dificultad. El ambiente era bueno y en estas tierras de la Bizkaia profunda llegamos a encontrar menus anti-crisis por cinco euros , desde luego da gusto aterrizar en lugares así , donde la plaza de toros tiene tomado el centro , dónde hay edificios blasonados sin estar trasnochados y donde al frío lo llaman fresco , allí la nieve no alcanzaba a cubrir completamente el escenarioy se adivinan unas praderas verdes , de verde rabioso y en cualquier grieta se escuchaban los arroyos que le van quitando la pesada lanada blanca a las montañas .
Desde el Armañon y en sencilla ascensión culminamos Los Jorrios , foto que ilustra este legado y cansados de andar por pistas nos tiramos a lo salvaje a petición popular para descubrir que a veces el camino marcado no es una mala elección , que las zarzas tardan poco tiempo en adueñarse del paisaje y que los sitios más secretos siempre aparecen en estos rincones fuera de los mapas .
Cuando al final nos tomábamos unos caldos , o unos pasteles de manzana o una birras en “La Capitana “ desde dónde alcanzamos a ver ya lejos Los Jorrios y el copete blanco del Armañon , habíamos trazado trece kilómetros, unos 900 metros de desnivel , habíamos probado el paisaje kárstico de esta zona y estabamos degustando el final de un día que ya ha alargado considerablemente su luz. Para mí era la primera salida por esta zona , pero esa sensación de pueblos perdidos y paisajes menos trillados que los habituales hará que volvamos a intentar algo nuevo que nos permita almorzar en Trucios
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