Había salido una
mañana según el pronóstico , encapotada y vestida de oscuro , la humedad se
palpaba y solo la pequeña certeza de creer en la mujer del tiempo nos daba la
paciencia de seguir esperando un buen día . Ya en Guipuzkoa en las estribaciones
de la sierra del Erlo , embutidos cada vez más en un gris atlántico nuestra
esperanza se volvía hacia los paraguas , aunque estos fueran pequeños .
Alkiza es una aldea situada en la cima de la antesala del Erlo , desde aquí y a lo lejos se ve una línea de mar punteada de playas entre Zarauz y Orio , pero hoy apenas se alcaza a ver el rompiente blanco entre la niebla .
Somos once , casi
como en las últimas salidas a las que con carácter puntual he asistido este año
y a pesar de los pesares queremos hacer
una vuelta de 18 kilómetros bordeando y subiendo hasta el monte de las cruces .
La entrada al
valle esta salpicada de tintes verdes de todas las gamas según los árboles y su
edad , todo se ha teñido de verde , casi verde oscuro con la luz mortecina
que cae entre las gotas del sirimiri.
Ascendiendo la
pista y tal y como ya he mencionado en otras ocasiones en las que este tipo de
caminos solo representan el aliciente de poder disfrutar de las vistas nos
damos cuenta de que no será un día para eso . Ascendemos a la guarda de
nuestros paraguas , el camino está resbaladizo y apenas podemos levantar la
mirada de nuestro andar .
A una cota
considerable y cansados de que nos impongan unas limitaciones al disfrute que
no soportamos tomamos la decisión de no volver a abrir las telas y aprovechar
que parece que la tregua sea larga para “montañear “ como nos gusta , y al poco
comienzan a aparecer por arte de magia los bosques de hayas ; Incluso nos
atrevemos a dejar el sendero evidente para penetrar en la hojarasca y desafiar
la pendiente ayudados de los troncos verdes . En este ambiente en el que todo
es singular , tamizado por la luz que atraviesa las casi trasparentes hojas recién
brotadas , en este ambiente sin sendero pero con rumbo , en este mundo salvaje
y vegetal nos encontramos vivos .
Un poco más adelante
y ante el clamor popular retomamos el sendero normal para encontrarnos con la otra parte del grupo y desde allí ascender
juntos a la cima del Erlo . Un corolario de cruces le quitan el encanto de ser
algo emanado de la naturaleza ya de por sí divina sin necesidad alguna de tener que enfatizarlo.
Desde aquí arriba en el que tenemos cortinas de niebla que semi-ocultan el
fondo mi mente vuela hacia una persona que volará hasta aquí en
los relatos aunque le hubiera encantado
hacerlo en persona , también se encuentra ascendiendo una gran montaña ,
bastante más grande y más compleja que esta . Yo nunca he ascendido una de esas
grandes pero sé que ella lo logrará porque no va sola y porque se encuentra
preparada, es constante , disciplinada y valiente . Veo las nubes pasar y esas que si son
iguales desde todas las montañas nos
unen a todos los que hacen cima .
Apenas unos
instante después descendemos para comer al amparo de un pequeño refugio bien
preparado especialmente agradable en días como este . Después de comer el día
va dando tregua y afortunadamente para nuestro descenso seca los caminos ,
circunvalamos el Erlo y en el collado
unas imprevisibles txabolas de pastores tornadas en bares y restaurantes
detienen nuestro regreso , nada serio algunos cafés y algunas cervezas para
pintar de dorado nuestro interior , ahora si el camino es cómodo y agradable ,
ahora si entramos en bosques centenarios , ahora si nuestra respiración se
vuelve entrecortada y no precisamente por el esfuerzo , los señores del bosque
los “Basajaun” nos rodean cubiertos de musgo y como colofón un rincón que ilustra
este artículo con un gabán de tonos verdes claritos que nos invade hasta el tuétano.
Sabemos que estas
no son las montañas más altas , ni las más
emblemáticas pero si tan sorprendemente bonitas que pueden competir con
ellas .
Buena semana :
Gerardo

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